Mar 14

Todo escrito se hace para comunicar, es decir, para informar algo (Román, 2003); y ya que como seres sociales necesitamos comunicarnos siempre, el arte de escribir es un acto que no podemos eludir.

Los docentes no estamos exentos de tal situación, pues cuando vamos a escribir, la tarea de expresar nuestras ideas en forma lógica, comprensible y concreta genera no pocas inquietudes. Aun la gente que conoce de gramática, está lejos de escribir con perfección (ver figura 1). Es, de hecho, un problemita con el que lidian  los estudiantes desde sus primeros años de escolaridad hasta que alcanzan los estudios profesionales. A pesar de sus años de formación, se ven en aprietos ante la necesidad de sistematizar la información que les es requerida (Ríos, 2001). Aunque esto es un problema, lo es más el hecho de escabullirse de la responsabilidad de enfrentar la tarea de escribir.

Muchos profesionales dedicados  a la docencia, ingenuamente creen que su única misión es ofrecer los contenidos que dicta un plan de estudios. Por consiguiente, no les corresponde atender a los aspectos formales de la escritura cuando preparan guías de estudio. Si las preparan.

Es tiempo de reconocer que un escrito que contenga errores ortográficos no logrará su objetivo, porque el destinatario tendrá motivos para desviar su atención al mensaje. Además, muy pocos estudiantes con una ortografía aceptable se quedan indiferentes frente a las fallas de un docente. La gran mayoría reacciona con irritación y comentarios. O hasta les sirve de diversión. También es posible que ante el desconocimiento del estudiante, un error pase desapercibido e incluso sea reproducido ulteriormente. En fin, con tantas posibilidades en contra, ¿para qué arriesgarse?

Me parece útil citar un fragmento de Fernando Ávila, incluido en la Introducción de su libro “Español correcto para Dummies” para cerrar esta reflexión. Quizás esas pocas palabras inviten a incursionar con convicción en el arte de la escritura limpia.

El escrito en bruto y con errores puede servir para expresar bien o mal –casi siempre mal– una idea, pero quedará inmejorable si las palabras con zeta están zeta, si las tildes y las comas van donde les toca y si no hay heces de más o eses de menos. En últimas, este texto así trabajado, se entiende mejor, agrada al lector y satisface al autor (Ávila, 1997, p.1).

Pensemos por un momento que el alumno que se irrita por el pobre uso del idioma, quizá concluya de inmediato: “Si esta persona no ha dominado lo más básico de la escritura, ¿cómo puede tener algo que enseñarme?”; y aquel estudiante que encuentra divertidos los errores que se comenten ante los ojos de todos, ¿va a hacer lo que tú le pides? …Quizá…

¡Claro, cuando deje de reírse!

written by Yeliz Hernandez


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