May 15

La acción del docente de lengua apunta al desarrollo de actividades que puedan conferir al educando la posibilidad de diagnosticar su destreza comunicativa, tanto oral como escrita, y generar acciones correctivas para subsanar las deficiencias detectadas. La creencia de que el control sobre los dominios teóricos concede el boleto al éxito en el aprendizaje de la lengua, abre las puertas solamente a seudoéxitos. Con relación a este aspecto, Lomas (1999) refiere un ejemplo suficientemente ilustrativo, que es importante revisar:
(…) Imagínate a una alumna de cuarto curso de educación secundaria obligatoria (…) Es una alumna «aplicada» que supera con éxito curso tras curso las evaluaciones, y no tiene aparentemente problemas con su aprendizaje lingüístico. En la escuela aprendió a analizar las oraciones y hoy no tiene dificultad en los ejercicios de análisis sintáctico que el profesor del área le pone habitualmente como ejercicio de evaluación. Sin embargo, esta alumna sí tiene dificultades para hablar en público cuando se le pide que exponga un trabajo o argumente sus opiniones cuando interviene, por ejemplo, en un debate oral (Lomas, 1999, p.137).

Obviamente, el hecho de contar con el dominio de los contenidos teóricos, no es garantía de capacidad para hacer uso de la palabra y de las habilidades expresivas, tales como: exponer en forma oral y escrita, argumentar las ideas que expresa, depurar el lenguaje para ser comprendidos, etc. En ese ejemplo sólo se presenta una cara de la moneda: destreza aceptable de la escritura, pero debilidad en materia de la producción oral. Empero, en la realidad es notorio observar que el estudiante promedio se “defiende” hablando, pero a la hora de llevar sus ideas a la forma escrita, los resultados dejan mucho que desear.
Así lo expresa Bolet (2000), al señalar que:
Cuando se les pide a los alumnos, por ejemplo, que expliquen, analicen o describan con sus propias palabras y en forma oral un acontecimiento o alguna idea, son capaces de expresarse, aunque con muy poca formalidad y corrección con relativa fluidez y claridad, mostrando adicionalmente una gran capacidad creativa. En líneas generales, podríamos decir que se desempeñan bien. Pero cuando les pide que redacten, entonces el fracaso es inmediato… Por otra parte, no sólo desconocen casi por completo las características elementales de la lengua escrita, sino que muchas veces la confunden con el discurso oral: prácticamente, «escriben como se habla» (p. 137).

Hablar y escribir son lenguajes que demandan una distribución específica en sus formas gramaticales; es decir, no se escribe como se habla ni viceversa. La escritura requiere una mejoría en la estructura morfosintáctica, ortográfica y semántica; a diferencia de la oralidad, cuya espontaneidad hace prácticamente imperceptible estos aspectos al momento la producción del mensaje (Pinales y Laguna, 1998; Bolet, 2000), a pesar de que con los medios de comunicación actuales a veces es borrosa la línea que los separa.

Oralidad y escritura constituyen importantes instrumentos de trabajo. Por eso, el reto es de gran envergadura para el docente de hoy, puesto que el ambiente o entorno en el que se mueve el estudiante actualmente se encuentra minado de giros, registros del habla coloquial y vulgar, que de modo casi natural pasan a formar parte de su acervo lingüístico. No basta con velar por optimizar la comunicación que se genera en el aula; es necesario que se exploten las habilidades comunicativas de los estudiantes, empleando para ello, la diversidad de medios o recursos disponibles. Educar es ayudar a desarrollar todas las formas de comunicación, es aprender a comunicarse en realidad, haciéndose más transparente, expresándose “con todo el cuerpo, con la mente, con todos los lenguajes, verbales y no-verbales, con todas las tecnologías disponibles” (Morán, s.f., p. 192).

Referencias:
Bolet, F. J. (2000). La lengua que hablamos. Caracas: Comala.
Lomas, C. (1999). Cómo enseñar a hacer cosas con las palabras I (2° ed.). Barcelona, España: Paidós.
Morán, J.M. (s.f.). Cambios en la Comunicación Personal. São Paulo: San Pablo.
Pinales, D. y Lagunas, I. (1998). Comunicación oral y escrita. México: Trillas.

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Mar 14

Todo escrito se hace para comunicar, es decir, para informar algo (Román, 2003); y ya que como seres sociales necesitamos comunicarnos siempre, el arte de escribir es un acto que no podemos eludir.

Los docentes no estamos exentos de tal situación, pues cuando vamos a escribir, la tarea de expresar nuestras ideas en forma lógica, comprensible y concreta genera no pocas inquietudes. Aun la gente que conoce de gramática, está lejos de escribir con perfección (ver figura 1). Es, de hecho, un problemita con el que lidian  los estudiantes desde sus primeros años de escolaridad hasta que alcanzan los estudios profesionales. A pesar de sus años de formación, se ven en aprietos ante la necesidad de sistematizar la información que les es requerida (Ríos, 2001). Aunque esto es un problema, lo es más el hecho de escabullirse de la responsabilidad de enfrentar la tarea de escribir.

Muchos profesionales dedicados  a la docencia, ingenuamente creen que su única misión es ofrecer los contenidos que dicta un plan de estudios. Por consiguiente, no les corresponde atender a los aspectos formales de la escritura cuando preparan guías de estudio. Si las preparan.

Es tiempo de reconocer que un escrito que contenga errores ortográficos no logrará su objetivo, porque el destinatario tendrá motivos para desviar su atención al mensaje. Además, muy pocos estudiantes con una ortografía aceptable se quedan indiferentes frente a las fallas de un docente. La gran mayoría reacciona con irritación y comentarios. O hasta les sirve de diversión. También es posible que ante el desconocimiento del estudiante, un error pase desapercibido e incluso sea reproducido ulteriormente. En fin, con tantas posibilidades en contra, ¿para qué arriesgarse?

Me parece útil citar un fragmento de Fernando Ávila, incluido en la Introducción de su libro “Español correcto para Dummies” para cerrar esta reflexión. Quizás esas pocas palabras inviten a incursionar con convicción en el arte de la escritura limpia.

El escrito en bruto y con errores puede servir para expresar bien o mal –casi siempre mal– una idea, pero quedará inmejorable si las palabras con zeta están zeta, si las tildes y las comas van donde les toca y si no hay heces de más o eses de menos. En últimas, este texto así trabajado, se entiende mejor, agrada al lector y satisface al autor (Ávila, 1997, p.1).

Pensemos por un momento que el alumno que se irrita por el pobre uso del idioma, quizá concluya de inmediato: “Si esta persona no ha dominado lo más básico de la escritura, ¿cómo puede tener algo que enseñarme?”; y aquel estudiante que encuentra divertidos los errores que se comenten ante los ojos de todos, ¿va a hacer lo que tú le pides? …Quizá…

¡Claro, cuando deje de reírse!

written by Yeliz Hernandez

Ene 09

En los últimos tiempos la ausencia de acentos ortográficos por doquier se ha convertido en una constante, gracias a quienes por flojera (en la mayoría de los casos) no cumplen con las elementales normas de acentuación o ignoran que la utilización de las mayúsculas no exime del uso de las tildes.

Quienes asumen una posición más cómoda argumentan que con o sin tildes el mensaje se entiende, pues el contexto ayuda. No obstante, aunque nos entendamos debemos comprender que la calidad de nuestra escritura, la corrección en el idioma, son indispensables en tanto que dan una imagen de nosotros. Aquello de que “por la maleta se conoce al viajero” es absolutamente aplicable, sobre todo si se trata del contexto formativo. Muy pocos se quedan indiferentes frente a las faltas ortográficas, sobre todo si son expuestas públicamente. La gran mayoría reacciona con irritación y comentarios entre ellos. O bien les sirve de diversión.

Quien lee un mensaje con tales fallas, quizá concluya de inmediato: “Si esta persona no ha dominado lo más básico de la escritura, ¿cómo puede tener algo importante que decirme?”. Aquel que encuentra divertidos los errores que se comenten ante los ojos de todos, ¿va a hacer lo que le piden? …Quizá…¡pero cuando deje de reírse!

Evidentemente, estamos bombardeados de omisiones y excesos en la ortografía (vallas publicitarias, mensajes escritos en prensa o expuestos en la televisión, información disponible en Internet), pero lo ideal es ir más allá. Una iniciativa interesante ha sido emprendida en México para actuar frente a este problema. Se trata del blog Acentos Perdidos. Es una campaña promotora de la “escritura correcta y de una conciencia social más sensible hacia la ortografía. Está conformada actualmente por una red de 11 países que operan individualmente [entre los cuales se encuentra Venezuela (ver figura 1)], pero siguiendo las directrices del blog principal”.

Figura 1. Ejemplos de la misión de Acentos Perdidos Venezuela.

[Haga clic sobre la imagen para visitar la sección Acentos Perdidos Venezuela]

Lo más interesante es que el equipo está conformado por jóvenes internautas (entre los cuales podrían estar nuestros estudiantes), quienes voluntariamente se ha ofrecido para llevar adelante en sus países respectivos la misión de Acentos Perdidos. Ésta es:

  • Identificar la omisión de acentos ortográficos.
  • Corregir con tildes de papel adhesivo (la tilde adhesiva tiene inscrita la norma de acentuación que explica por qué lleva acento ortográfico esa palabra).
  • Registrar la corrección con fotografías.
  • Publicar en el blog Acentos Perdidos.

Les recomiendo ampliamente la revisión del blog Acentos Perdidos. Los ejemplos de nuestro país quizá puedan animarlos a unirse al blog Acentos Perdidos Venezuela. Como siempre, sugiero que experimentemos con nuestros educandos la detección de incorrecciones ortográficas para ser enmendadas por ellos mismos; bien sea como iniciativa particular, o uniéndonos a Acentos Perdidos en nuestro respectivo país.

Referencia

Lengua y Tecnología Educativa – Yeliz Hernández

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